Creí morir aquella mañana
al ver besándose a mi amada
con un joven con barba
en la puerta de su casa.
No entendí su traición
que hizo pedazos mi corazón
cuando anoche me confesó
que yo era el único dueño de su amor.
Entonces porqué ahora se besaba
con aquel desconocido que llevaba
tatuada en el brazo una rosa
y en el cuello la cabeza de una cobra.
Me alejé sin decir nada
con la cabeza agachada.
Por la tarde le preguntaría
porqué tantas mentiras.
Todo se aclaró cuando hablamos.
El joven del tatuaje en el brazo
no era ningún enamorado
apasionado sino su hermano.
Llevaban sin verse muchos años
porque él se enroló en un barco
cuando cumplió los dieciocho
y ella solamente tenía ocho.
Su corazón solo tenía un dueño
y yo era ese afortunado dueño.
Tras estas palabra me dio un beso
y me invitó a dar un largo paseo.
JOSÉ LUIS RUBIO
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