martes, 26 de enero de 2016
LA DIOSA BLANCA
El smilodon surgió de la espesura cuando Urk menos lo esperaba. Llevaba varias horas tras sus pasos y, hasta ese preciso instante, creía equivocadamente tener la situación bajo control. Demasiado tarde
descubrió que los roles de cazador y presa se habían invertido. Los colmillos del felino ya estaban hundidos en su garganta, mientras la vida le era arrancada a dentelladas entre zarpazos, espasmos y
horrendos gritos de dolor.
La lanza reposaba sobre el musgo, con la punta de sílex bañada en su propia sangre.
De nada le había servido ante el imbatible enviste de la naturaleza, aquí representada por un dientes de sable que ni siquiera había llegado a la edad adulta. En medio de una agonía indescriptible y al límite de sus fuerzas, los ojos de Urk se detuvieron en el refugio de los dioses.
Situado más allá de lo que cualquier hombre podría rozar jamás con la punta de los dedos, se trataba de un espacio desconocido que lo rodeaba todo. La gran bola de fuego había vuelto a extinguirse en el horizonte, sucedida por un desbordante miasma de tinieblas. Allí estaba Ella, suspensa en las alturas con suprema majestuosidad, sobre ese estanque oscuro salpicado de nácar que había adoptado a modo de trono.
Nadie conocía su verdadero nombre, tampoco el venerable anciano que todo lo sabe. El chamán de la tribu empleaba pomposos títulos como “la reina de los cielos”, “la dama que cambia de forma”, “la
señora que otorga bienes” o “la madre de todos nosotros”. En cambio, Urk prefería llamarla “la diosa blanca”, aunque su identidad iba a seguir siendo un misterio que permanecería por siempre sin respuesta.
Aquella noche estaba realmente hermosa, resplandeciendo con más intensidad quenunca. Tan solo en contadas ocasiones hacía gala de un esplendor semejante, y parecía haberse reservado hasta entonces
para hacer más llevadero su final. La bestia desgarró el último hilo que lo mantenía unido a este mundo, y Urk se despidió con una sonrisa en los labios. Estaba seguro de que la diosa blanca permanecería junto a él en su descenso al reino subterráneo.
Israel Santamaría Canales (España)
Publicado en la revista digital Minatura 145
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