lunes, 4 de enero de 2016

LA MÚSICA


La dama blanca, con reflejos de luna, vaga alrededor de la casa.
Sus cabellos, grises-azulados, flotan como algas perfumadas de sal, en torno a su rostro. Tiene que entrar en aquel hogar: es la misión que la ha traído hasta aquí.
Una música martillea dentro de su mente, sin abandonarla un instante. Cuando esa música salga al exterior, cuando alguien la cante, será libre.
En la casa todos duermen, cada cual en su habitación.
La dama abre puertas lentamente, buscando.
En la primera encuentra a una pareja adormilada que, con rostros preocupados, vigilan a su pequeño de pocos meses. El bebé tiene mucha fiebre. El padre, gris oscuro todo él, como su ánimo, acaba de rendirse al peso del sueño. Sus ojos se han cerrado sosteniendo aún la mano del hijo. La madre, rosa y plata, parece sonreír con esperanza en su plácida ensoñación, recostada en la butaca. El pequeño balbucea en su delirio, nada inteligible, tan sólo un débil quejido que no logra despabilar a los padres.
La dama los contempla un momento y asiente con la cabeza.
Cierra la puerta al salir para dirigirse a la habitación contigua.
Dentro ya, ve a una anciana, la abuela posiblemente. Duerme entre olor a medicinas, orines, sudor y vejez. Esa mezcla de olores que siempre emanan de los que ya no quieren seguir viviendo. En su duermevela la abuela canturrea algo, tal vez una canción de su juventud, que la dama blanca no reconoce.
En silencio y con tristeza en su rostro abandona la estancia para seguir su búsqueda.
Al fondo del pasillo ve una luz verde-limón que señala el borde inferior de una puerta. La empuja con suavidad.
Encuentra a una jovencita, apenas quince años, calcula, que se ha dormido con los casquillos de su MP3 puestos. Joven, bonita, confiada, sonríe entre sueños.
La dama pasea su mirada triste por las paredes de aquel cuarto decorado con pósters de colores chillones; lamparitas verdes y amarillas sobre tocador y mesilla de noche; una rosa roja en un vaso de cristal, marchita ya su belleza, guarda posiblemente la emoción del primer regalo de amor. La joven la ha colocado sobre la mesa de estudio, junto a su ordenador, para que la acompañe en las monótonas horas de estudio.
La dama observa con cierto desasosiego los apuntes de matemáticas, el libro de literatura abierto aún por la página cincuenta: la generación del veintisiete. Vivir en los pronombres, de Pedro Salinas. ¡Pobre niña enamorada! Murmura para sí misma. Una reproducción de Venus saliendo de las aguas preside la cabecera de la cama. La vida la rodea: ella misma es la vida.
La dama desprende de los oídos de la joven los pequeños auriculares y allí está: la música de su mente le salta como un fogonazo en los oídos, la reconoce inmediatamente, antes incluso de ponerse ella misma los casquillos.
Nadie lo sabe, nadie sospechaba del aneurisma que acaba de estallar, como una flor roja de sangre, en el interior del cerebro de la joven.
La dama se sienta al borde de la cama, coge la mano aún caliente de aquel bello proyecto de mujer y le susurra al oído:
-¡Lo siento, querida y preciosa niña, tan solo hago mi trabajo!
La dama, suavemente, deja la cama, la habitación, la casa.
Ya no oye la música dentro de sí, ya está libre para seguir su inexorable camino hacia otro ser humano que ha de recoger, sin que la esperen.

Eloísa Zapata (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 28

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