martes, 5 de enero de 2016

VERSOS DE NOSTALGIA


Siento la irreprimible necesidad de coger la pluma y empezar a escribir para volcar sobre el papel esta punzante congoja que me atenaza, esta aguda zozobra que me asalta a cualquier hora del día y de la noche, aunque bien es cierto que tiene sus preferencias, y los dolores se hacen más insoportables al caer las tinieblas, cuando la oscuridad trae consigo la soledad y el silencio, y entonces se hace más hondo mi vacío interior. Es en ese momento cuando cojo una hoja en blanco para vaciar mi pozo de angustias, aunque a menudo las palabras se obstinen en permanecer ocultas y se nieguen a salir de mi boca; a pesar de que la tinta fluya torpemente y apenas logre expresar de una manera confusa los pensamientos que en mi mente se agolpan; esos pensamientos que me sorprenden en mitad de la noche, agotado y sin fuerzas para abandonar el lecho para plasmarlos sobre el lienzo. Pero la nostalgia, como los amantes, prefiere la penumbra de la noche para sus cortejos.

Y es en esa penumbra de la noche cuando, curiosamente, prefiero recorrer rincones aislados, apagados y solitarios. Es extraño, pero, a pesar de que ello refuerce mi tormento interno, lo siento como una necesidad; y mezclarme con mis conciudadanos, por contra, se convierte en un imposible. Como si necesitara profundizar en mis dolores para así, ampliados y vistos a gran escala, entenderlos mejor. Pero nunca me curo de ellos; las repetidas sangrías no sirven para eliminar la infección del alma, para aniquilar este virus que me corroe las entrañas.

Camino solitario mientras repito en voz baja el mismo poema una y otra vez. Son varios los poemas que me han cautivado, y con los que de alguna manera desearía verme identificado; pero hay uno que desde hace tiempo me sedujo especialmente. En ocasiones alzo un poco el tono, para dar más énfasis en ciertos versos, donde imagino el dolor que sufriría el poeta en el momento de escribirlos; y para darle más fuerza cierro los ojos y frunzo el ceño, acaso como en trance, a costa de dar la imagen a quienes me vean de estar ebrio o de estar loco. Menos mal que nunca me ha importado lo que pensaran de mí los demás.

En verdad es un poema que me apasiona, y que de tanto leerlo y oírlo a un orador francamente bueno he acabado por guardarlo en mi memoria. Ahora soy yo quien lo recita con cierta envidia, pues desearía hacer mío ese poema que a diario resuena en mis oídos, aún cuando mis labios se cansen de pronunciarlo, pues sus letras siguen sonando en mi cabeza. Una historia amarga, que con todo desearía haberla vivido para haber disfrutado de su parte de ternura. Ahora, sin embargo, sólo puedo escucharla y recitarla cuando me invade la nostalgia.

JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

No hay comentarios:

Publicar un comentario