miércoles, 6 de enero de 2016

¡ALTO AHI, SEÑOR LUGONES! (I)


(Artículo de 1919)

     Pocas cosas he leído en estos últimos días tan... desdichadas como el artículo de Lugones "Ante las Hordas", que reproduce este periódico en la sección de "Trabajos Notables".
     Leopoldo Lugones es otra de nuestras grandes, apabullantes reputaciones. Sería, por consiguiente, un crimen el permitirle sin protesta que, usando del grandísimo prestigio de su nombre literario, influya en nuestra juventud intelectual con cosas tan desatinadas y falaces como las que nos endilga en este artículo.
     Empieza nuestro aclamado poeta con una disertación histórica bastante larga encaminada a probar... que nos amenaza --a los europeos y americanos-- un grande y terrible peligro. ¿Cuál? ¡El peligro amarillo!
     Según Lugones, estamos los pobrecitos pueblos de este lado occidental del mapa a un paso de ser invadidos y tragados por una ola amarilla que saldrá de la China y no se detendrá hasta haber arrasado los tesoros todos de nuestra "grandiosa" civilización occidental.
     Parece broma, ¿eh? Pues no, no lo es, lo dice muy en serio, muy enfática y catedráticamente.
     ¡Ah, mi señor Lugones! Me va usted a perdonar la irreverencia, pero ¿cómo reprimir una sonrisita, un si es no es compasiva, ante sus candorosas alarmas amarillas? ¿Cómo permanecer serio ante el caso pasmoso de parto de los montes que representa una mentalidad tan encumbrada, como dicen que es la suya, alumbrando tan aparatosamente las mismas majaderías que ya encontraron albergue en el mediocre espíritu agresivamente megalómano del ex-Kaiser alemán? Usted, tan alto en la atalaya del pensamiento, dándonos del mundo de ahora y de los problemas de ese mundo la misma pedestre interpretación que nos solían dar hace ya algunos años los militarotes fantaseadores, a quienes les convenía tener siempre escondido en el hueco de la manga un peligrito militar cualquiera --verde, amarillo o colorado-- para hacerse pasar por indispensables.
     No hay tal peligro amarillo, hombre de Dios, ni lo hubo nunca. Si lo hubiera, lo tendríamos muy merecido, porque Dios sabe si podríamos pagar, no ya con nuestra piojosa, tuberculosa, infanticida y sanguinaria civilización, sino ni siquiera con nuestras vidas y las de nuestros hijos, la vieja cuenta de robos, desprecios y atropellos de todo género que nos podrían presentar los chinos, y en general los pueblos orientales, el día de una liquidación final. Y esto de que no hay tal peligro, no se lo digo yo por oponer profecía contra profecía, porque en este caso usted tendría cien veces más autoridad oracular que yo, ya que usted se llama Lugones y yo apenas me llamo Nemesio, sino porque estoy cierto de que a cualquiera que piense un segundo le costará muy poco reducir su vaticinio a la categoría de un chiste, con sólo acordarse de que, precisamente por pacíficos, por curados del salvajismo militar que usted defiende indirectamente, los chinos no sólo dejaron hace siglos de ser un peligro de agresión armada contra nadie, sino que hemos sido y seguimos siendo nosotros los occidentales, con nuestra insaciable voracidad imperialista, con nuestro raterismo internacional a base de armamentos y organizaciones formidables, los que pusimos y ponemos en peligro la civilización y la vida de los chinos.
     ¿Desde qué observatorio mira usted, hombre de Dios, que no ve que para que haya leñador que ponga en peligro la vida del bosque tiene que haber antes no sólo el hacha, sino también el hombre que sepa amolarla y manejarla, por haber hecho de su manejo un oficio? ¿Cuándo ha habido olas de hombres invadiendo territorios extranjeros sin que antes de la ola haya habido una organización y un espíritu de conquista guerrera? ¿Y dónde, en qué punto del mundo descubre usted hoy ese espíritu y esa organización de bayoneta calada, como no sea entre nosotros los pueblos occidentales y en nuestro aventajado discípulo, aliado y cómplice el Japón?
     Si la China no nos envió la ola amarilla de marras cuando era un imperio, una monarquía absoluta, ¿cómo concibe usted que ahora que es república y que llega demasiado tarde al período de expansión capitalista, y que, además, se haya presa en las fauces del lobo del imperialismo militarista extranjero (europeo, americano, japonés), va a hallarse más dispuesta para esa colosal inundación guerrera que a usted le asusta?
     Y aun dando de barato que un pueblo inveteradamente pacífico como el chino se hiciera guerrero de la noche a la mañana, ¿dónde diablos supone usted que iban a encontrar los chinos los millones de millones de pesos que serían necesarios para movilizar y mantener en marcha las enormes masas que supone una invasión armada de Europa? Concediendo que una organización militar tan gigantesca pudiera improvisarse ¿cómo improvisar los préstamos colosales, y las colosales flotas para transporte de material, cuando ahora mismo está la pobre China sudando la gota gorda para que le permitan las grandes potencias colocar un préstamo insignificante con qué hacer frente a sus más perentorias necesidades domésticas?
     No sabe usted, amigo, que, desde que salimos definitivamente de las guerras de conquista religiosas los hombres, ya no nos matamos al por mayor sino cuando salimos a la conquista de mercados, y que, por consiguiente, los pueblos que amenazan perpetuamente la paz del mundo no son sino aquellos en los que el industrialismo capitalista (que no puede ser sino guerrrero) ha adquirido su más alto desarrollo? ¿Y cuáles son los pueblos de expansión industrialistas, que es como decir imperialistas, esto, es, salteadores y matones de oficio, en el mundo de hoy? Seguramente que en la lista de estos "avanzados" pueblos aguijoneados de la sed guerrera del capitalismo, no figura la China ¡qué ha de figurar!, pero sí figuramos nosotros, los demócratas y desinteresados angelitos occidentales: no es ella, pues, la que nos está amenazando de muerte a nosotros, sino nosotros a ella. ¡Hombre, hombre, señor Lugones, ni que viviera usted en la luna se le podía perdonar tanta candidez! No, amigo, el peligro no está fuera sino dentro, no está en las olas chinas, sino en la ola negra de una tradición militarista en esencia que nos viene, no ciertamente de la China, sino de nuestros venerables abuelos, de aquellos nuestros ilustres antepasados que eran en el teatro pintorescos y declamadores caballeros de capa y espada, y en la vida real profesionales del asesinato, cuyo concepto del honor no se elevaba mucho por encima del que podría exteriorizar un toro si hablara. Ese fue y ha sido siempre nuestro único peligro, nuestro gran peligro de perdición.

Publicado en el blog de nemesiorcanales
Compartido por Osvaldo Rivera

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