sábado, 16 de mayo de 2020
PRESENCIAR LA PARTIDA
He visto un hombre morir, fue hace tiempo. Yo estaba deprimido. La muerte de ese hombre me restregó en la cara lo que es perder la vida. Eran las once de la mañana. Vi morir un hombre. Quizás la prisa o el hambre lo llevo a las muerte; eran las once de la mañana a esa hora, se siente el hambre hablar en el estómago, reclama con silbidos. Yo tenía hambre cuando vi morir al hombre, se me quitó del susto, del olor a sangre, o del golpe seco que escuché en la esquina.
Muchos como yo, lo vieron morir, estudiantes, taxistas y desprevenidos que a esa hora pasaban por el lugar.
Viendo al hombre morir, ver correr su sangre, como se le escapaban sus sueños, su orgullo, debió ser humillante para él que lo vieran morir de esa manera, creo que no le importó, él seguro que no se quería morir; con seguridad si viviera le importaría un comino la gente; se levantaría y sin discutir con la muerte, se marcharía a buscar su almuerzo o quizás su hijo o hija que lo esperaba en la salida del preescolar. El hombre se murió del golpe, era evidente nadie podría salvarse de tan fuerte impacto.
Morirse cuesta, para él fue gratis. ¿No lo sintió? ¿A lo mejor sí?
Segundos antes debió sentir la misma inseguridad que se siente cuando se va la luz en una habitación oscura. No pudo despedirse y no alcanzó a gritar. Se le fue la luz de la vida en un segundo.
Treinta minutos duró muriendo el hombre. Las ambulancias ululaban a la distancia, como queriendo ubicar con sus alaridos el cuerpo del hombre que fallecía. El hombre moría sin sonreír sin gesto en su rostro, sin asombrarse, la sangre corría sin detenerse, arrastrando la vida por un sardinel rústico y sucio.
Su vestimenta no era la mejor para morir, vestía unas pantuflas desgastadas en su talón, remendadas en la rienda donde entra el dedo gordo del pie, una bermuda descolorida y una camiseta negra.
-La muerte creo,- sintió dolor de llevarse un hombre tan mal vestido, por eso espero treinta minutos, hasta que se desespero -como en las filas de las EPS- y tomó la decisión de llevárselo, justo cuando llegó la ambulancia. Creo que el hombre que vi morir, esperó también para comprobar si el tenía algún valor como ciudadano, si valía la pena vivir en un país donde las ambulancias se usan, pagadas por los empresarios, para pasar de prisa los trancones y llegar a tiempo al aeropuerto. El esperó pero era mejor dejarse morir y no esperar más. La vida es lenta cuando la muerte sorprende. El hombre que vi morir no pudo resumir la vida. Solo se fue, como la llama de una vela que es apagada por la brisa.
Hoy he pasado por la esquina donde vi morir al hombre, nadie lavó el rastro de vida dibujado en el piso por su sangre.
La mancha duró muchos años como una señal que decía, aquí murió un hombre. La mancha no está, después de tantos años, la recuerdo igual como cuando sucedieron los hechos.
Ese día que murió, también en vida murió él que lo arrojó contra la pared del muro de la esquina. Vivir con un muerto en la conciencia debe ser horroroso.
Yo pensé morir ese día, llevado por la depresión, buscaba formas de suicidarme, pero la muerte del hombre que vi morir me restregó en la cara que era mejor vivir sin pantuflas nuevas, en bermudas descoloridas y no perder la vida así de fácil en un país que nos suicida lentamente, todos los días. Hay que intentar vivir de alguna manera. Desde esa vez mi vida cambió recordando que el hombre murió cuando menos se lo proponía. Se voló la escuadra de una vía muy transitada sin querer, quizás con hambre o prisa por recoger a alguien, en busca de la vida y la muerte vino por él sin darle tiempo de decir: "perdón por la infracción...bella es la vida,no pensé morirme"
Guillermo Luis Nieto Molina
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