jueves, 28 de mayo de 2020

MARA MONTES, MAR MARA


Con la mano temblorosa
apretando el aguijón
que hundiera mojándolo
en la punta de un aroma,
el poema abrió sus alas…

Con la fuerza de una fiera,
sus uñas eran de garras
y con ellas cual navajas
su cuerpo color canela
defendiose del ladrón
que le roba al cuerpo el alma…

Perseguido por la culpa
y escaldado por los hechos
entró el hombre en la cantina
a lidiar con los relinchos
que le ardían en la mente.

Mas de pronto y sin aviso
en la mitad de una estrofa
los sonidos de las sílabas
prietos de voces antiguas
relucen como navajas
y desde allí en adelante
cada verso se trocó
en la calle sin cintura,
colmena de miel y heridas.
Palabras con doble filo
de navajas y de espinos,
se cuelan en las estrofas
deseando dejar en ellas
espuelas de dura plata.

Pide su ronda de tragos
el caballo de la mente
en la cantina del pueblo
donde todito se sabe.
Corre el aguardiente corre
como vidrios por las venas
como sedas de zafiros.
Y no lejos del cantinero,
de sus copas de mezcal
peyote maguey y pulque,
en la copa de un nogal
el viento de los carámbanos
eriza sus pitas verdes.

Mara Montes, hija y nieta
de la noche y sus cuchillas,
llama a cuentas al pendejo
que intentara violarla
en sus quince primaveras.
¡Sal afuera de esa cueva
en este alto mediodía!
Dijo ella con esa calma
del barreno que taladra
a la piedra más cantera.
¡Se abrieron las bisagras
de la puerta del lugar.
Se cerraron las dos puertas
en el templo parroquial
al salir el violador
blandiendo aquel machete
con los filos de la muerte!

Vienes niña, a que termine
de dejarte mi almizcle
en el vientre todo aromas
de tus quince primaveras.
¡Yo soy el dueño de este patio,
vos, la pollita más brava
de este gavilán pollero!
Se lo dijo a carcajadas
aquel engendro del mal.

En la mitad del poema
los sonidos de las sílabas
prietos de voces antiguas
son la calle sin cintura
colmena de miel y heridas…

Relucieron los machetes
cual colmillos de jaguares
en el alto mediodía.
Ella era de fuego y sangre.
Él, esclavo de su miedo
en medio del aquel duelo
sintió ganas de orinar…
…y en la cita enfurecida,
reptil ahogado lo dejó
de un tajo Mara Montes.

Con la mano temblorosa
apretando el aguijón
que hundiera mojándolo
en la punta de un aroma
el poema abrió su alas
dejando por el camino
una estela de relámpagos….

Lionel Yino Sánchez

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