Aprendí a gritar y a llorar con todas mis fuerzas
en mi silencio voy despeinando el idioma de mis letras.
Y todo era desteñido por la mugre del olvido
Y no era niña, ni tampoco mujer
llamaba al tiempo que no existía
Y las risas y la felicidad habían pasado de
moda. Sólo sentía dolor.
Las madres arrastran el corazón remendado
Y la penumbra de sus ojos buscan en el llanto del mar,
diluvios de hijos exiliados
abrazados a la ventisca de una luna de cenizas
anochecida en los oscuros silencios
de una lengua apuñalada en las paredes de otro mundo
Zurciré los harapos de mi garganta
para no blasfemar a los fantasmas y demonios
que resucitan de las tumbas y tejen trenzas
en el pelo de mis difuntos
para arrancar los recuerdos empolvados
de una tierra muerta, huérfana y violada
El corazón guarda todas las caras del dolor
en lo más profundo de sus presagios
donde sólo el amor sabe llegar y liberar el
alma del miedo y los hechizos de murciélagos
y lechuzas que han hipnotizado la memoria
de un mundo de telaraña y brujas.
Floriselda Camejo Hernández -Cuba / EstadosUnidos-
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