(Serventesios).
Era su rostro azul y mortecino,
cuando ayer fuera suave terciopelo.
Eran sus ojos faros de citrino
cuando rogaba súplicas al cielo.
Más era absorto el cielo en su costumbre
de premiar con lecciones al humano,
y devolviendo fuego, grito y lumbre,
reforzada constancia en el hermano.
Oh dicha, proclamaba el interior,
que siendo un mal presagio me despierta;
con fuego prueba Dios al ser mejor
sabiendo que al hacerlo siempre acierta.
Carmen Azparren Caballero
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