viernes, 2 de junio de 2017

ESCRIBO


Algunos días quisiera disfrazarme de invierno y sentir
cómo el frío se guarece bajo el palio de la noche
y que ateridas en mi piel las estrellas se estremezcan
o el rocío pernocte en campiñas de obsidianas, otras veces
ansío buscar entre rastrojos de agua el manantial del tiempo,
que el influjo líquido del viento galope por la sangre
y se escuche el grito añil de la tormentas, aunque ávida
la censura pretenda gestar en el útero del silencio
una leyenda de héroes anónimos creciendo a la intemperie.
Como una mirada triste porque ha roto sus párpados
la cólera del relámpago, así palpita de continuo
el verbo desnudo de la carne cuando incumple su promesa
y un código permeable provoca la lluvia cada tarde
regresando desde el mar a mis orillas centauros de la bruma,
en los labios se detienen y enamoradas susurran las mareas
el versículo inescrutable de la muerte, después de un ceremonial
de espuma pronuncian mi nombre borrado por los astros.
Amanece entonces como una sinfonía de madréporas
un sueño virginal que huele a pan cocido
y madruga un horizonte de partículas que habita en los espejos.
Mientras, sobre el mantel de escarcha la luz almuerza cada día
y los dioses derribados por una conspiración salobre
se acercan hasta aquí heridos por un hachazo de nostalgia.
Cuando la soledad redacta con cenizas su elegía a la vida,
me asomo a un corazón transido y miro en su bitácora,
sobre un sístole de memoria se gesta esta crónica de naufragios
y sobre renglones abiertos en las póstulas añosas de la tierra
como una profecía escribo solo para salvarme del olvido.

Rafael Bueno Novoa -España-
Publicado en la revista Oriflama 30

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