domingo, 21 de febrero de 2016

SIMULACRO


En el escenario se ve una sala de estar, decorada con muebles vetustos.
Al fondo se ve una estantería con libros viejos. Al lado, en la pared, pende un retrato a carboncillo de una mujer peinada con moño italiano. Los bordes del retrato enmarcado amarillean. Junto al retrato hay una ventana.
En un primer plano, a la izquierda se encuentra un sillón orejero y una mesita auxiliar. A la derecha del sillón, hay una mesa camilla con faldón rojo, parcialmente cubierto por un mantel de cuadros. En la mesa hay un vaso, una servilleta, una cuchara y una jarra de agua.
Entra en escena un hombre de unos setenta años, con batín de felpa abrochado.
HOMBRE:
Camina con pasos titubeantes, sosteniendo un plato con una lata de fabada que humea. Se acerca a la
mesa donde deja con cuidado el plato y se sienta. Sin molestarse en volcar el contenido de la lata en el plato, sopla para enfriar y empieza a comer. Apenas ha probado tres o cuatro bocados, abandona la cuchara sobre el mantel y ésta cae al suelo. El hombre suspira y la recoge. Su rostro refleja hastío, que no parece ser producto de lo poco que ha comido.
Se levanta dejando la mesa atrás y se acerca, arrastrando los pies, al retrato y lo acaricia. Por primera
vez, se le ve sonreír. Incluso canturrea. Pero su semblante pronto vuelve a ensombrecer. Gruñe y se aparta del retrato después de golpear el cristal con el puño cerrado. El retrato apenas se tambalea.
El hombre se dirige al sillón y se deja caer sobre él.
Mira la hora en su reloj. Sobre la mesita hay un transistor viejo. El hombre lo enciende. Enseguida gira la rueda del dial buscando otra emisora de radio, que tampoco parece convencerle. Repite el gesto varias veces, hasta que apaga el transistor y lo deja sobre la mesita. Vuelve a mirar la hora. Se pone las gafas y hojea un periódico que hay junto al transistor. Mira nuevamente la hora.
Se pone en pie y se acerca a la ventana. Se oye el ladrido de un perro. Poco después ladra un segundo
perro y, pronto, otros tantos animales se unen a la jauría.
El hombre abre la ventana. Para ahuyentar a la soledad, en un simulacro inútil de sentirse acompañado, se coloca las manos alrededor de la boca a modo de pantalla, dispuesto a formar parte del coro de perros con sus ladridos.
Su boca, muda por el desuso, es incapaz de producir sonido alguno.

Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica “Garzón Céspedes” 2009. Monoteatro sin palabras.
Mónica Rodríguez Jiménez (España, Madrid)
Publicado en Oros

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