Sentada, con su bastón, el cuerpo doblado, la cabeza enhiesta,
orgullosa, con todo el orgullo que arrastró en su vida.
Vivió como pudo, con dos mil espadas, como un Quijote
enfrentándose a los Molinos de Viento.
Su alcurnia, sus antepasados, su historia de clase
no podrían lastimar a sus hijos.
Erró dos mil veces el ataque
pero siempre estoica y yo, desde lejos en espacio y tiempo
la admiro.
Sus hijos sufrieron las derrotas, pero su descendencia brilla erguida
por una luz quizás muy explicable.
Recuerdo a mi madre, sentada, su cuerpo doblado, el bastón apoyando su
misterio y su cabeza erguida llevando como bandera victoriosa
sus anhelos.
Aquí estoy ahora, sentada, ni sé cómo sentada, tratando de estar erguida,
mirando, imaginando a los seres que amo y pienso
¡Qué triunfo el de ella! ¡Le ganó a la vida!
A las batallas perdidas, al llanto que no pudo gritar, a las injusticias de su tiempo.
Sus nietos van sembrando infinitos campos de ilusiones, sin espadas,
con sueños, cultura, arte.
Sus nietos son su cabeza erguida.
Ana María Manceda -Argentina-
Publicado en Archivos del Sur
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