El último abrazo en nada se pareció al primero. Su familia ya había aprendido; los amores, para él, tenían ese costado surrealista, que invariablemente la ansiedad, la falta de escrúpulos, llevaban al drama existencial.
Caminó a media mañana, reconociendo el avance del sudor, los párpados de Ana muy cerca de los preparativos para el kayak, mientras el médico de cabecera de sus padres iba dialogando con su esposa, y no obstante Clarisa (quien adoraba a Spinetta) burlaba los ojos de papel y la obstinada poesía con el mayor sarcasmo, un jeep a toda velocidad nubló su terca esperanza.
Ni la sombra de Guadalupe, ni la foto de Mercedes, ni el hermanito menor de Lucía... Los planes de la familia eran preponderantes: un buen asado, varias botellas de malbec, duraznos en almíbar, apreciable cantidad de café hasta desembocar en un antiácido. Volvió a pensarse completamente solo; acaso nadie oyera su pasión caudalosa. El ritmo de la ciudad exige una lectura simple y directa... Aquel abrazo derivaría en el cerco de la siesta.
Hugo Patuto
Publicado en el blog hugopatuto
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