martes, 23 de febrero de 2016

CON LA ENTREGA DE LA TÓRTOLA


El mobiliario que compone el decorado denota un cierto lujo. En el centro del escenario, una mesa primorosamente aparejada para dos: una suculenta cena en los platos, una botella de vino aparentemente cara descorchada y un par de vasos a medio llenar.
A la derecha de la mesa, un sofá y, colgada de una percha, una jaula de barrotes dorados con un pájaro de vistoso colorido, palmariamente artificial, dentro. A la izquierda, un mueble de cocina con un microondas encima. Al fondo del escenario, una ventana con las cortinas echadas.
Una mujer vestida, maquillada y peinada para una ocasión especial está sentada a la mesa. Su cabeza
descansa en un brazo cuyo codo apoya sobre el mueble.
Adopta una posición muy parecida a la de “El pensador” de Rodin. Pero ella no parece pensativa
sino derrotada.
Las velas, encendidas desde hace horas, han vertido un colorido llanto de cera sobre el mantel de hilo bordado.
MUJER:
Apaga resignadamente la llama con los dedos. Aunque se ha quemado, su rostro permanece imperturbable; ella es ya inmune al dolor. El mantel se convierte en una de esas láminas con las que los psiquiatras ponen a prueba el estoicismo de sus pacientes. La mancha ha debido de revelarle el secreto, pues se dispone a vaciar los platos en el cubo de la basura.
Pero finalmente cambia de idea: los mete en el microondas.
Los calentará una vez más, una noche tras otra.
Ofrece una jibia al pájaro prisionero, que no reacciona.
Se aleja unos pasos horrorizada. Entonces se abalanza sobre la jaula y la abre bruscamente. Mete la mano y la mueve frenética, agitando la palma hacia lo alto, instando al pájaro a volar. El animal no despliega las alas, sigue en su columpio sin inmutarse. Lo coge con enorme delicadeza y lo lanza al aire. Mira hacia arriba ansiosa e ilusionada. El ave anquilosada cae al suelo pesadamente a pocos centímetros de sus pies; ya no queda equilibrio en ella. La mujer contempla fascinada el espectáculo de muerte. Recoge el frágil cuerpo y lo mete bajo su blusa, en el lado izquierdo del pecho.
Se dirige a la ventana y descorre las cortinas, dejando al descubierto unos barrotes dorados al otro lado de los cristales. Regresa al centro de la sala mirando a su alrededor asustada, como si las paredes estuviesen estrechando un cerco invisible para el espectador. Se sube al sofá y se sienta sobre su respaldo. Súbitamente se enciende una potente luz cenital que apunta hacia ella sin discreción ni piedad, igual que apuntaría el cañón de una escopeta de caza. Sube las piernas al respaldo sigilosamente. Se abraza las rodillas. Hecha un ovillo, comienza a piar con insistencia manifestando
una duda. Aunque su voz escapa cada vez más lánguida.
Del techo cae un enorme lienzo. La cubre, la amortaja, la convierte en un grotesco fantasma canoro. Las luces se apagan bruscamente. El trino cesa al tiempo que se escucha el ruido de una palanca al bajar, tan fuerte que se podría confundir con un disparo.

Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica “Garzón Céspedes” 2010. Monoteatro sin palabras.
Salomé Guadalupe Ingelmo (España)
Publicado en Oros

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