¿Qué hace valiosas a las personas? ¿Dónde buscas las pruebas de valía? ¿Cuáles son los criterios? Éstas son las preguntas clásicas del huevo y la gallina. Creo que todo proviene de las circunstancias de la vida. Todo lo que se tiene que hacer es amar al prójimo como a sí mismo. Es fácil comprobar que, a lo largo de la historia, se han ideado muchos criterios del valor humano.
Los antiguos griegos valoraban la virtud personal en sentido humano y político. Si uno se adecuaba a los ideales de armonía y moderación y, además, contribuía al orden social, era considerado inestimable y podía gozar de alta autoestima. Los romanos de valía habían de mostrar patriotismo y valor. Los primeros cristianos valoraban el amor a Dios y la humanidad sobre la filiación al reino temporal. Los budistas preciados se esfuerzan por liberarse de todo deseo. Los hinduistas valiosos contemplan las formas de profundizar su reverencia a todos los seres vivos. Los musulmanes respetan la ley, la tradición y el honor. Los liberales aprecian el amor al hombre y las buenas obras. Los
conservadores estiman la industria y el respeto de la tradición. Los mercaderes de valía son los ricos. Los artistas estimados son los dotados de talento. Los políticos valiosos son los que tienen poder. Los actos evaluados son los más conocidos. Y así, etcétera.
En nuestra cultura, la solución más común es identificar el valor con el trabajo. Uno es lo que hace. Dentro de un determinado nivel social nuestra cultura aprecia la valía basada en los logros. Obtener un grado o un ascenso en una competición justiprecia mucho.
Cuando una persona se encuentra en semejante embrollo cultural, hay que recordar que todo criterio concebido para estimar la valía depende de su propio contexto. Aceptar que la estima de una persona es un concepto abstracto, no es más que una etiqueta global.
Es imposible determinar la verdadera apreciación de una persona.
Todo ser humano al nacer tiene una valía unitaria, absolutamente igual a la de todos los demás. Le suceda lo que sea en la vida, haga lo que haga o le enjuicien, su inestimable valía humana no puede aumentar ni disminuir.
Como punto final: Nadie vale más o menos que nadie.
Elisa I. Mellado (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 29
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