Apareció entre la niebla
casi desnuda, despeinada,
blanca como la cera,
caminando lentamente,
con la mirada perdida
viendo sin ver.
Me quedé quieto, sin saber qué hacer
¿Hablarle? ¿Tocarla?
¿Dejarla pasar?
Creí ver un hilillo de sangre
caer por su mejilla.
Tenía una herida en la cabeza.
También el codo sangraba.
De repente se detuvo,
se le doblaron las piernas,
cayó al suelo inconsciente.
Tenía pulso, respiraba.
Lavé sus heridas. Abrió los ojos.
Me miró sorprendida.
Ignoraba que hacía allí en el suelo,
ni que le había pasado.
No recordaba ni su nombre.
La ayudé a levantarse.
La tapé con mi jersey.
Me ofrecí llevarla a un hospital
para que allí curaran sus heridas
y su amnesia temporal.
Allí la dejé prometiendo volver
a la mañana siguiente.
Pero no la volví a ver.
Abandonó el hospital a medianoche.
JOSÉ LUIS RUBIO
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