lunes, 20 de agosto de 2018
INUTILIDAD / JUVENTUD: MALDITO TESORO / SIN MOTIVO
INUTILIDAD
La mujer echa azúcar en su café. Empieza a revolverlo con la cucharilla. Es un movimiento circular, continuo.
Como si, simbólicamente, se estableciese un paralelismo entre las vueltas de su cabeza y las de la
cuchara. Como si una u otra acción fuesen a servir de algo.
JUVENTUD: MALDITO TESORO
Lleva todo el fin de semana encerrada sin salir de casa.
Recuerda cómo el viernes alardeó frente a sus compañeros de sus apetecibles planes para esos dos
días y medio. Incluso inventó una despedida de soltera.
Todo por no sentirse abochornada al ser la única que no quería que acabasen los días laborables, ante
la penosa perspectiva de no tener nada que hacer. El domingo, hastiada de tantas horas muertas frente el televisor, que no logra sacarla de su apatía, hace un esfuerzo, se quita por fin el pijama, se ducha y se arregla, como si hubiese quedado con alguien. Baja a la calle y, venciendo su resistencia a sentarse sola, entra en un bar. Deliberadamente, ocupa un taburete en la barra junto a un anciano que hojea el periódico.
Es su mejor baza para que alguien le de conversación.
Pide un café. Largo. Se le hace eterno, pero el anciano no le dirige la palabra.
En ese momento, lamenta no tener otra edad que justifique entablar conversación con un desconocido.
SIN MOTIVO
Ella detuvo su coche cuando el semáforo se puso en rojo. Ocupaba el segundo carril de los tres que había en el mismo sentido. En plena Gran Vía, nada se interponía entre su vehículo y el paso de peatones, a los que se dedicó a observar. En esa calle deambulaban especímenes de lo más variopinto. La luz cambió a verde. Una anciana venía por el lado izquierdo del cruce caminando muy despacio, encorvada, haciendo uso de su bastón. No se detuvo a mitad del paso que era adonde le había dado tiempo a llegar. Seguramente tenía miedo de que la arrollaran los coches que circulaban en uno y otro sentido. El vehículo de la izquierda avanzó en cuanto pasó la anciana. Ella esperó, pero no sólo hasta que la anciana hubo traspasado su carril. Los cláxones pitaban. No reanudó la marcha.
Esperó a que la anciana terminara de cruzar. La vio tan frágil, tan desvalida, seguramente tan sola, que cuando ya estaba segura en la acera, se bajó del automóvil y, desafiando a los automóviles que ya avanzaban por la derecha, corrió a la acera a abrazar a la anciana. Los cláxones seguían pintando, igualmente sin motivo.
Del libro Prismas de MÓNICA RODRÍGUEZ JIMÉNEZ
Libros de la gaviota
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario