¡Oh, Andhél!
Tú que con tu infinita bondad,
hiciste el mundo.
Tú que con tu infinito amor nos diste la vida,
nos creaste, sin yugos ni crueles doctrinas,
que avasallasen nuestra condición de ser.
Tú que no nos impusiste pueriles mandatos,
nada que atentase contra nuestros principios,
ni los tuyos…
Tú que ponderaste la armonía y la libertad en todos
los reinos del universo…
¡Oh, Andhél!
Dime… ¿Para qué?,
¿Para qué?, si ibas a marcharte de igual modo.
Aun cuando nadie queda aquí para recordarte,
las piedras y los campos aún se preguntan:
¿Por qué te marchaste de su lado?
¿Por qué tus pasos dejaron
de trillar sus senderos?
¡Oh viajero de las estrellas, dime!
¿Cuándo decidiste tomar un viaje sin retorno?
Dime “viajero de las estrellas”.
¿A dónde tus pasos te han conducido
tan lejos de quienes te amamos?
Con tu partida y la de los tuyos,
aquí se alzaron muros y fronteras...
... y se conoció
por vez primera lo que son las AMARGAS JUSTICIAS.
Fue tu partida lo que trajo a estas tierras hoy desiertas,
el temor y el horror...
y cuantas amargas vicisitudes es posible
soportar al calor del castigo y al frío de tu ausencia…
¡Oh, Andhél!
Aquí estoy en esta soledad, aquí en donde solo los
vientos aúllan, susurran entre sí que aquí una vez,
vivió el amor.
Miguel Alpire G.
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