Caminaba por las calles
escondida entre las sombras de los portales
procuraba no pisar las rayas del suelo
y sus ojos eran lágrimas y prisa.
Se soñaba débil y era más fuerte que la vida,
resbalaban de sus curvas
chorros de sensibilidad y ausencia,
huía sin saber que ella era su propio enemigo.
El peso de la edad y la constancia,
hicieron que su presencia fuera un paraíso en la tierra,
loados sean los tocados con el honor de haber comprendido
su esencia de mujer.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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