jueves, 4 de febrero de 2016

INSTANTES PREVIOS


La noche era fría y húmeda; el rocío caía al suelo y se posaba como una suave caricia sobre las verdes hojas de los árboles y las teñía de un barniz acuoso que las iluminaba y hacía brillar sus vivos colores, acaso como tímido reflejo del resplandor de la luna llena, que desde el alto cielo alumbraba las calles con su firme custodia. Un viento gélido silbaba con fuerza y agitaba las persianas de las casas, al tiempo que los olmos se balanceaban en una sensual danza y rozaban entre sí sus ramas en amoroso cortejo.

Ella llegó temprano. Con negras botas de cuero subió los escalones del porche y se detuvo durante unos instantes frente a la puerta del chalet. Una oscura gabardina, rematada por unos pantalones vaqueros, le cubría el suéter rosa de lana. Miraba fijamente a través de los ventanales, sin inmutarse por el aire frío que le golpeaba con fuerza contra las heladas mejillas y lanzaba desordenadamente al vuelo su larga y negra melena, con algunos mechones que le caían por la cara y se le cruzaban ante los ojos de pardas pupilas. Más allá de los cristales ardían potentes luces amarillas, en claro contraste con las tinieblas que entonces la acogían, y, a juzgar por el humo que salía de la chimenea, el fuego de una hoguera debía de estar caldeándola.

Sabía que él estaría esperándola. La mesa, con aquella cena que le había preparado para celebrar su aniversario, con dos copas y un tinto añejo que les abriría el apetito y entonaría los cuerpos. Se apagarían las luces, y la romántica cena tendría lugar bajo la tenue luz de las velas, amenizada por cómplices risas y lascivas sonrisas, discreto preámbulo del tan ansiado espectáculo que disfrutarían tras acabar los postres.

Siempre le gustaba fantasear, dibujar en su mente la escena de lo que en unas horas iba a ocurrir; empezar a sentir las manos de él en su cintura, sus labios sellados por inflamables besos, sus lenguas jugueteando en sus bocas. Cerraba los ojos para visualizar las imágenes y gozarlas más intensamente, y acaso emitía algún placentero gemido durante su breve sueño.

No quiso demorar más el mágico momento. Una lujuriosa sonrisa acudió a sus labios encarnados cuando presionó con decisión el timbre.

JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

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