Oscuros presagios, de leyendas, hacían rechinar los dientes a los presentes. Se oían viscosas voces, a la luna, de los murciélagos. A los flancos, extrañas violetas recibían resplandores de cirios. Cerca del plantío, la ausencia de fragancia espesaba el aire a los labriegos.
Sobre el altar, cubierto de lirios, había un casset con gemidos y unos colmillos de jabalí. Y, a modo de arco, con base de jazmines diamelas y techo de flores de glicinas, enmarcaban la figura de la maga.
El viento de los muertos que venía desde el poniente (donde estaba situado el cementerio) hacía un ruido que semejaba sollozos. Para evitar los males todos llevaban colgados al cuello huesos de codornices como amuletos.
Unos vagabundos, bajo la llovizna, avanzaba hacia el grupo de oración. Gestos agrestes en sus rostros. Con sus mejillas y narices rojas por el vino barato que habían ingerido. Demandaban de la maga un conjuro contra la mala fortuna.
Diversas texturas tenían los elementos que la maga utilizó para conseguir el ungüento. Un cristal con pintura de azogue, las alas de una mariposa muerta, un rabo de lagartija,... Lenta en pronunciar las palabras ininteligibles, y que como un eco iba repitiendo su hermosa ayudante; removía las entrañas de las gentes que quedarían liberadas de los males como si sus palabras fueren llovizna de eucaristías.
Pedro Jesús Cortés Zafra -Málaga-
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