Escondí mis lágrimas en la grieta azul que a tu paso dejaste, sentí crecer la sangre en la llama ardiente para gritar sin palabras, sin precisión,
la magnitud desesperante, el dolor.
Guardé la esperanza en el agujero del regreso, te hablé al oído, te envié un mensaje con el sol mortecino, me confesé con él, porque lo sentí mi cómplice, mientras yo me alejaba de la luz de mi vida. Él abandonaba silencioso el día, para darle paso a un sempiterno acontecer.
Le pedí a la sombra de los árboles, que veloz paseaban ante mi mirada, les rogué que me dejaran ver el rostro del ayer,
en un gesto de amor ventarrónal.
Seguí con paso sigiloso tras las cortinas verdes, del género natural, hasta decirte adiós sin despedida.
Con voz apagada me dijo mi corazón: cuánto duele un adiós, sin adiós.
Lucy Ortiz -Canadá-
Publicado en la revista Palabras Diversas 47
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