Descendí a las profundidades
sintiendo que me faltaba el aire.
El cauce del río estaba seco.
caminé entre las piedras blancas
buscando la cueva sagrada
para desde el altar de piedra
rezar mis plegarias al sol.
Al fondo de la cueva el río
dejaba oír su murmullo.
La humedad teñía de verde
la rocas que rodeaban
el altar y andar entre ellas
era bastante peligroso.
Del techo caían frías gotas
que golpeaban las piedras del suelo
dejando sus huellas húmedas
por toda la cueva.
Tras una última plegaria
volví a recorrer el río seco
y ascendí a las alturas
donde respiré el aire puro
del atardecer serrano.
JOSÉ LUIS RUBIO
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