sábado, 28 de noviembre de 2020

EL NÁUFRAGO

 

Yo era un náufrago que habitaba su isla. Solo y desencantado de la vida, mi mirada se perdía en el horizonte, más allá del mar de soledad que me rodeaba. Nada me parecía suficiente, nada me bastaba. Hasta que apareció un buen día, con su vela dorada y sus ánimos encendidos. Llegó hasta mí y me dijo con voz dulce y cercana:

            —Asómate a mi mar.

           Me sumergí en sus ojos azules y su espíritu libre. Me insufló sus ánimos y sus ganas de vivir, y me sacó de mi compulsiva depresión.

            —No te vayas.

           Le supliqué ese último día de despedida.

            Sonrió con alegría infinita, como si el pesar y el dolor no le afectasen. Sonrió una última vez antes de cerrar definitivamente los ojos.

            En su enfermedad terminal me arrastró a la libertad. Con una sencilla frase que me liberó y demostró, a la vez, que nada en la vida es más importante que vivirla con pasión.

            A su mar me asomé, y en él permanezco, con su recuerdo vivo.

Francisco J. Segovia 

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