Te deslizabas en mi cuerpo
despojando mis pudores.
Recorría tus curvas con mis labios.
Me deleitaba en tus sabores.
Brotaba en mis manos un río
caudaloso.
Y en una isla única y fantástica
fui tu esposo.
Cultivé todo el brillo y belleza de
los cielos.
Venerando la vida de retoños y de
anhelos.
La primavera al otoño le prestó sus
hojas.
Mi corazón sangraba rosas rojas.
Impacientes mis sentidos te
llamaban.
Sonreías en la luna y en mi
almohada.
Te tenía... ¡Tan cerca estabas!
Que mis brazos en lo lejos te
alcanzaban.
Y abrazados en la noche más
romántica.
Eras la mujer. ¡Mi mujer!
¡Eternamente enamorada!
Y abrazados en esta noche mágica.
Embriagados de música caminando
mi jardín.
Te sostuve en mis sueños.
... ¡Hasta que llegaste a mí!
Eduardo N. Romero -Argentina-
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