Tal vez el único calor que llevarán mis labios a la tumba, sea el delicado y suave beso que me diste en mi pubertad...
Pasará el tiempo raudo, sobre las piedras, sobre las flores sobre las ramas de los árboles viejos, sobre los cerros, pasará por sobre la existencia, pero jamás pasará por sobre aquel dulce beso de mi niñez, que me supo a gloria...
Morirán las rosas en el rosal, y las olas una a una en los acantilados morirán, morirán los recuerdos, morirá la mata de maíz con sus granos en el maizal, y caerán cocos secos de las palmeras a orillas del mar, y el mar se los llevará, pero jamás se irá de nuestros labios el dulce del primer beso que me diste, cuando aún no sabíamos besar...
Ése que dimos, ése que nos dieron en el momento aquel que supimos que los labios del otro sabían a cielo, sabían a gloria sabían a sal de mar, a miel de abeja pura en el panal...
Fue una noche de luna cálida, cuando por primera vez mis labios recibían un beso de los tuyos...
sentí que mi cabeza era una calabaza, y se reventaban dentro de ella mil globos, y cantaban ranas en charcas secas implorando lluvia implorando agua, y las flores abrían sus pétalos y llenaban mi cabeza de fragancia, y que los dioses tocaban pimpinelas, y mis pies levitaban, como débiles caracolas en la mar abierta, y se reventó en mi alma la inocencia...
y fue tan dulce, y tan efímero y tan rápido, y tuve tiempo de saborearlo porque me lo dio, y te lo di, con los ojos cerrados y la boca abierta...
Y no era poeta, pero conté las estrellas,
Y no era poeta, y conté las veces que las olas besaron los acantilados, Y esa noche supe que tus labios olían a flor de naranjo, y sentí celos de la flor del naranjo, con su aroma había besado tus labios, y la brisa se interponía entre tus labios y mis labios, y sentí celos de la luna pálida que se posaba sobre tus labios, y yo los miraba con deseos de repetir el beso que me convertiría para siempre en un esclavo, y llegaron más besos de otros labios pero ya no eran tan dulces... ¿se había ido la magia? De aquel primer beso que me dio aquella niña, que terminó en otros brazos...
Albaro Ballesteros -Colombia-
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