viernes, 4 de marzo de 2016

COSMOGONÍA


*Quiero dedicarle este relato a mi padre. Hoy estaba dando una vuelta por el río de mi ciudad y empecé a pensar en esto.

Era una noche clara. El ancho firmamento aparecía iluminado por el resplandeciente rostro de la luna llena, que desde lo alto custodiaba las calles y se presentaba como testigo indiscreto de los más ocultos secretos de los amantes, de esas tiernas caricias, de de los pasionales besos que encendían sus corazones. Se presentaba vigilada por sus fieles guardianes, por los ocho soldados de su cohorte, incansables servidores que despuntaban a su alrededor como enloquecidos amantes.

De pequeño solía mirar al misterioso cielo cuando se aventuraba con su padre en sus paseos nocturnos y recorrían barrios alejados y solitarios del pueblo, en busca de ese silencio y de esa paz que les proporcionaban las calles mudas, el armonioso canto del viento. Pese a todo, ahora era incapaz de distinguir los planetas. Siempre le había encantado la astronomía, pero nunca lo suficiente como para estudiarla a fondo, para acercarse a un telescopio y contemplar con calma ese vasto mundo celeste, acaso poblado por seres mitológicos, acaso por dioses. Sabía que, salvo el planeta que habitaba, el resto habían sido bautizados con nombres de divinidades romanas. Aceptaba el hecho, pues no tenía otra opción, pero lo hacía con recelo; no entendía que no recibieran nombres griegos, una cultura más antigua y más rica, que desde joven le había apasionado, también gracias a la influencia paterna.

El más cercano era Mercurio, el Hermes heleno, mensajero que los dioses, eficiente heraldo de los olímpicos.

Después venía Venus, traducción de Afrodita, hermosa y lujuriosa, esposa burlona del deforme Efesto, pobre lacayo que había sufrido la cólera del soberbio Zeus.

Más allá de la Tierra estaba Marte, el equivalente de Ares, dios de la guerra. Quizá su nombre fuera el más apropiado, pues aparecía incendiado por el fuego del astro rey, y daba la impresión de estar cubierto por la sangre de sus propias víctimas. Allá arriba reinaba cómodamente, pues los humanos no habían querido darle ningún dominio a Atenea, su hermana, la única, junto al tiránico Zeus, que vencía su poder.

Le seguía Júpiter, el padre de los dioses, después de haberse rebelado contra su propio progenitor, Saturno, el equivalente a Crono, tras haberlo ocultado su madrea, Rea, en Creta durante su infancia. Ya preparado, había segado con una hoz los testículos de aquél, dando con ello origen a Afrodita y liberando a sus hermanos.

Ahora Saturno, convertido en rey de los titanes, figuraba al lado de su hijo, como sexto planeta, seguido por su padre, Urano, el único dios griego que no había sudo traducido, a quien a su vez había destronado con anterioridad.

En octavo lugar estaba Neptuno, Poseidón, que se quedara con el dominio de los mares, hermano de Zeus y encarnizado rival de Atenea, derrotado por ella en la competición por obtener el favor de los aqueos.

Por último estaba Plutón, el Hades griego, el dios del inframundo, el segundo hermano de Zeus, que en su tenebrosa morada acogiera la desamparada alma del malogrado Aquiles.

Sabía que de todos los planetas, la vista imperfecta del ser humano sólo podía divisar los tres o cuatro primeros; el resto, fuera por tamaño, por composición química o por la distancia respecto al sol, eran imperceptibles sin un buen telescopio.

En esa noche, otra noche solitaria de tantas, volvió a vagar por las calles dormidas, mientras rememoraba con una nostalgia que le desgarraba el alma aquellos lejanos paseos de su infancia. Muchas cosas habían pasado a lo largo de tantos años. El poderoso Júpiter había perdido a uno de sus hermanos; el temido Plutón había sido injustamente degradado por un estúpido capricho de los hombres.

Él caminaba y miraba al cielo en busca de los otros ocho guardianes custodios, a pesar de ser incapaz de identificarlos, siquiera de divisarlos todos, y menos en el cielo contaminado de su ciudad. Era reacio a aceptar el aborrecible dictamen de los humanos, y ahora dirigía la vista al firmamento con especial predilección por el miembro que había sido expulsado del panteón. Se decía que sería bonito viajar a Plutón, y no sabía a ciencia cierta si aquello era una metáfora inducida por su subconsciente traicionero o un deseo de su espíritu aventurero.

JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

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