jueves, 21 de agosto de 2014

NADA


Dos mujeres. Una es joven. Viste jeans tiro corto, celeste gastado y remera ajustada al cuerpo. Lleva aros, de esos de anillas grandes. Está maquillada. Tiene unos anteojos de sol que cuelgan del escote en V de su remera. Está sentada sobre el lavabo de un baño público. Un baño grande, con espejo en toda la pared y mesada de mármol o granito gris. Está de espaldas al espejo. Mirando al espejo y a su lado está parada otra mujer, más grande que ella. Cabello oscuro, por debajo de los hombros, también viste de jeans y musculosa. No lleva alhajas, ni reloj, ni está maquillada. Se moja la cara y clava su mirada en el espejo, en su propio rostro. Sus ojos brillan, como si quisiera llorar, pero no está llorando. Suspira.

SEGUNDA MUJER:

No sé cuántos años tiene. No quiso decírmelo. Tampoco insistí. Da igual. No entiendo. Todavía no entiendo. (Pausa.) Estábamos siempre en grupo y esa noche no fue nadie. Yo tenía hambre, era tarde, le avisé que me iba y decidió bajar conmigo. La noche estaba cálida y estrellada, perfumada, invitaba a caminar. Yo llevaba el paso apresura-do, cuando de repente comenzó a sonar un tango. No me preguntes de dónde. (Pausa.) –¿Bailamos?– me dijo. Le contesté que no sabía bailar tango. Caminé más rápido, todavía. –Intentémoslo, mujer ¿Vale?–. Y me agarró por la cintura y comenzamos a dar vueltas y más vueltas…nos pisábamos… muertos de risa... Y me besó. (Pausa.) Mirame. ¿Me querés decir qué mierda me vio? Tengo surcos en la cara, el pelo lleno de canas. Ni siquiera tengo buenas tetas. (Pausa.) ¿Sabés cuanto hacía que no me besaban así? Un beso que sabía a deseo de conquista, al infinito placer de lo prohibido, a ternura, admiración. Yo, que me creía perdida como mujer, abandonada y olvidada, de pronto estaba ahí, con un muchachito que me llenaba de besos y abrazos, de caricias; que me invitaba a la aventura. Nos escondimos como dos adolescente en las sombras del cementerio de la colina… Bajamos poseídos, endemoniados. Me llevó a su habitación. Yo acepté otra vez. Con las mismas ansias, como una chiquilina, con un temblor en la sangre que me recorría de pies a cabeza. Y otra vez pensé en las carnes flojas, en las tetas caídas, en la celulitis, en mis cuarenta y tantos y sus veinti algo. A él no le importó nada. Nada. (Mira hacia la puerta.) Ahora, a mí tampoco.

Marcia Alejandra Rago (Argentina)
Publicado en Los Cuadernos de las Gaviotas

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