Tu llanto comenzó sobre tu cama,
en las penumbras tristes de tu cuarto.
Tu gesto inapelable y obstinado
no ha dejado lugar a más palabras.
Te lamentaste con voz apagada.
Te hundiste, rígida, en la soledad.
Tu veredicto no pudo escuchar
que un corazón impotente te hablaba.
Pues, compartir las lágrimas deseaba
y atarte en un abrazo hasta reír
en esa noche sombría y aciaga.
Tal vez nunca toleres disentir
con la sanción que te ha sido asignada.
Tal vez los llantos, jamás tengan fin.
ESCRITOR INGEL LAZARET
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