lunes, 4 de agosto de 2014

LA CIUDADELA DE LAS PASIONES (3ªparte)


Tras ese cúmulo de escenas, paramos frente a una puerta semitransparente. Me abre la puerta y un mundo de colores se abre para mí. Música suave, mesas elegantes y recias. Sillones modernos con acabados aterciopelados.
Me empiezo a poner nerviosa, la situación se vuelve más incómoda por momentos. Con una de sus seductoras sonrisas me invita a sentarme.
-¿Qué te apetece tomar?- me pregunta su masculina voz.
-No se- contesto como una idiota colegiala ante el director- un bayleys con hielo.
Se levanta y sigo su cuerpo con la mirada. Puedo imaginarme claramente sus nalgas. Se cruza con una chica que le acaricia levemente el pecho a través de la camisa… ¡y me siento celosa! Es ridículo, ni siquiera lo conozco, tan solo es la envidia de ver como ella puede acariciarle con tanto descaro y yo ni tan siquiera puedo mirarlo a los ojos. Doy un vistazo al local. El aroma del sexo se olisquea en cada uno de sus rincones, hombres elegantes, atractivos y mujeres desinhibidas por todas partes, con el rostro relajado, como si por primera vez pudiesen ser ellas mismas. Llega mi acompañante, ofreciéndome mi copa de manera que pueda tocar sus dedos mientras la recojo. Y eso hago. Un subidón de libido recorre mi cuerpo. Bajo la mirada de inmediato, mis ojos quedan a la altura de su pecho, el que había sido acariciado momentos antes por una desconocida que pasaba por allí. Me encuentro fuera de lugar, desubicada en un sitio donde yo parecía el patito feo de la fiesta. La tristeza y el agobio me absorben, la ansiedad crece por momentos. Le doy un trago a mi copa, me sabe a gloria. Hace falta algo más que eso para sentirme mediamente cómoda en aquel lugar. Vacío el contenido entero en mi garganta.
-Me quiero ir- le digo.
-Vámonos.
Su mano vuelve a enlazar la mía y el recorrido hacia mi cabaña es diferente esta vez. No pasamos por las callejuelas donde los gemidos incesantes me abrumaron. Me introduce en un pequeño bosque, el miedo se entremezcla con la excitación. Una parte de mi vida desea llegar a casa, la otra que me desnude allí mismo y me haga suya, pero no sucede ni una cosa ni la otra. Seguimos caminando lentamente mientras el deja caer leves caricias sobre mi cuerpo, los roces son continuos pero leves, inconscientemente yo misma los busco. Mis labios empiezan a secarse, deseando sentir su saliva sobre ellos. Reprimo mis jadeos, pero él también los suyos. (…)

 De la novela El manantial sin vida de ANNA LAFONT

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