El frío del destierro es húmedo,
aunque te reseque por dentro,
se te clava el exilio en los huesos
-como diminutas y filosas astillas de hielo-
y arde desde las fosas nasales hasta el duodeno,
arde abriendo de par en par el pecho
inventando abismos y sumideros
donde indefectiblemente sólos caemos…
Leandro Murciego
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