Seríamos los más, los siempre invictos,
París de América portadora de luz intelectual,
y la tierra derramaría
el alimento inagotable que nutriría al universo.
Los llamados a ser rivales del poderoso Norte
–no devenido imperio todavía–,
confrontando en músculo, creatividad, poder,
de igual a igual, y tal vez algunos pasos adelante...
No invento nada:
estaba escrito en mi libro de lectura,
el Manual del Alumno con gráficos y cifras así lo atestiguaba.
Los años devoraron almanaques,
fatigaron sueños,
las esperanzas diluyeron su verde (si en verdad fuera éste su color);
si hubo París de América se pagó con el precio
de no haber sido nunca la Argentina de América,
y si una vez saciamos hambrunas europeas
hoy no logramos mitigar el hambre de los nuestros.
¿Mintieron los libros escolares?
¿Los escribieron alucinados delirantes?
¿Hablaban de realidad palpable o rebosaban de exacerbada fantasía?
A más de medio siglo de aquellas lecturas escolares,
hojeo un cuaderno que aún conservo,
donde entre promesas incumplidas
quedó enterrada una nueva y gloriosa nación.
Del libro Cosas por su nombre de
RUBÉN DERLIS -Argentina-
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