Almendras y nueces cosechadas ofrecían a los dioses, en ese preciso instante, en el fondo del huerto. Entre olivos hacían sonar la voz de la alondra anunciando infortunio. Y un viento de levante, decían que llevaría el olor hasta los negros lobos. Provocando el miedo entre los presentes.
Obstinada y compleja, la maga, aferraba su discurso a la trama del destino. Entre viscosos embates de murciélagos, hablaba de las profundas soledades de donde salían ruídos de naufragios.
Toda de negro, solo se le veía el rostro y se oía el idioma de unos pájaros, interpretado por ella, en el silencio de la noche, enlazando una y otra de sus salmodias.
Cerca de los olivos, (que estaban allí desde el fondo del tiempo,) las pupilas de los espectadores estaban al borde de las lágrimas, con el alma en cabestrillo. Permanecían de pié, junto a la entrada del huerto, cercanos a las paredes. Solo las asperezas de los muros rotos les hacían despertar del ensimismamiento y expulsaban los males poniendo sobre sus cabezas hojas de mandrágoras que decían ahuyenta el desconsuelo.
Creían que la batalla que libraban los espíritus era empecinamiento de los dioses. Y que tenían su motivo en las condenadas semillas que no habían ofertado a la maga, en agradecimiento por sus desvelos.
Se olvidaron de ofrecer sus sacrificios, y de anotar el dibujo de la forma exacta de la luna en ese instante. Cosa que nadie recordaba con certeza originando una angustia, alta como un fresno herido.
Membranas verdes, afirmaba que poseían las fauces de los diablos que castigarían a quienes no rectificasen. Telarañas de inocencia, afirmaba la maga, les saldrían de sus bocas a los hijos de los desobedientes y jamás aprenderían a cazar.
Alegría prometía para los arrepentidos que otra vez supieran con certeza la forma de los senos de la luna cuando le llevaran las semillas de la ofrenda.
En la memoria de los dioses estaría el absurdo pecado por si lo repetían, para enviarles a los príncipes del mal.
Llegado septiembre, había que recordar las agudas palabras pronunciadas en ese día y ponerse a bien con la religión.
Pedro Jesús Cortés Zafra -Málaga-
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