Me duele la sicalíptica
situación, y no soy Druso
en el pensamiento abstruso
donde Tiberio es la elíptica
razón de versar la eclíptica
manía de ser utópico.
Me duele asumir lo tópico
sin ignorar el salterio,
y yo le impongo el cauterio
musical que brinda el trópico.
Claudio ve los lidiadores
y sabe que son acérrimos
enemigos, más ubérrimos
que los tristes gladiadores.
La guardia da sus escores,
Calígula se desarma
ante la muerte, y el arma
deja el trono a lo ridículo:
Claudio se sube al montículo
infalible de su Karma.
Baten los sueños eólicos
y el aire es el inexacto
clima donde surge el pacto
de criminales diabólicos.
Claudio padece los cólicos
del alcohol en honda llaga:
el miedo, culpable daga
por Júpiter, y la mística
es la medicina holística
emocional de una maga.
Yo creo en la osteopatía.
La cura no es la de Hipócrates:
sólo en el fragor de Sócrates
vivir ofrece una vía
filolosofal (la homilía
anchurosa de lo típico).
El guerrero va en un hípico
trote por la gloria y llora,
y es que la suerte mejora
su padecimiento atípico.
Del libro Los césares perdidos de ODALYS LEYVA ROSABAL
Relato en la revista Pulporama nº 11, Los olvidados
Hace 13 horas
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