Para mi abuelo-poeta, Acisclo Martínez.
"Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida". Aurelio Arturo
Nadie puede ver lo que quedó allí. El brío de los caballos. El barro de los caminos. Los hombres sobre sus bestias, cubiertos con capas de hule y sombreros chorreantes, en medio de un aguacero.
Nadie puede oler esa fruta que tocaba a la ventana. Ésa que crispa la memoria. O los establos. O las flores sembradas con cáscaras de huevos, en trastos inservibles, cuya fragancia continúa ascendiendo por las escalas de un pequeño corazón. Sólo cada quien puede arrodillarse y respirar esa tierra.
Nadie puede tocar ese suelo permeado por cuanta semilla. Por cuanta oruga. Por cuanto viento desorientado. Ése que penetró por las heridas.
Nadie ya puede oír el gorjeo que aposentaron los pájaros en cuanta rama. En cuanta mañana de todos los días. Y el ladrido de los perros. El trueno, que mueve a las madres a cubrir los espejos. El zumbido de las abejas que adormece. La voz de los viejos apuntillando la palabra. Cada quién vive atento a desanudar para sí, eso que sólo conoce la vigilia.
Nadie ya puede probarse en su pezón. Lamer sus rizos mientras la abrazan con fuerza. O despilfarrar frutas de relamidos colores, vituallas, viandas de días de fiesta.
Nadie – sólo tú – puede recomponer todo ese repertorio. Todo eso que alumbra tu campo genital.
Jaime Arturo Martínez
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