La noche me asalta
como ladrón forzando la puerta.
Y no tengo nada que entregarle.
No acepta llevarse mis desazones.
Son tantas las que mastico, trago y digiero
que hasta el aliento huele a ellas.
Búho sabio,
compañero de oscuridades,
aquí me tienes reparando zurcidos
de calcetines de miedos.
Agujeros que mis pies han hecho
de tanto caminar sin sentido.
Y en mis viajes de lamentos,
descubro que la noche y el día
se iluminan y oscurecen
según la vida va y viene.
¿Amor, estás ahí escondido
entre ese cruce de puentes
donde la luz deja de ser luz,
y la noche no existe?
Tengo ganas de hallarte.
Tengo urgencia de oírte.
Tengo ansias de descubrirte
y olvidar los enmarañados temores.
Ave nocturna,
por tus ojos sale el sonido,
con tus alas abrazas lo sereno.
Quieta en tu árbol observas
las sombras y luces del cielo.
Inteligente es la noche
al no querer mis tristezas.
Sabe saborear los sueños,
extasiarse con las luces
de mentes brillantes.
Y a la capacidad vacía,
acuna mientras duerme.
¿Por qué tantas desazones?
Es mérito vivir en tres dimensiones.
En un espacio con horizonte móvil
cargado de lirismo
y viejos conocimientos.
Espíritu que se desmaya y destierro,
abandona esa viga que arrastras,
ese morder argumentos oxidados.
Tira las zurcidas calcetas,
donde la oscuridad no las vea.
La noche es tan ligera,
que la memoria rápida olvida.
Dejo que se salga con la suya,
de aroma fresco
a este cerril cerebro,
y cierre mis ojos,
nutra con sus encantos
cayendo suavemente el descanso.
Batir de alas.
Crujir de ramas.
Ulula el búho.
Ana Maria Lorenzo
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