Me pongo a leer a don Nica para espantar el tedio de los
domingos
y me siento como Harry Haller reclamándole su Goethe.
Ha inventado un nuevo existencialismo:
bizarría, sátira, burla, silencio.
Ellos alegan y nosotros reímos.
“Gracias, gracias, no se molesten”.
Lo leo, inclinación de entendimiento en afán reflexivo, me
pregunto:
¿Habrá pensado don Nica que para el 2013 todavía estaría vivo?
Que iría despidiendo a sus amigos,
(léase Bolaño y compañía ilimitada)
Que a Jodorowsky lo llamarían “maestro”,
Que la Víbora terminaría sola con su botella en un hospital,
Que hasta moriría Chávez entremedio,
pero que Fidel permanecería escondido en los helechos de la
Habana.
Pensaría don Nica que tendría que echar tanto de menos a la
Violeta,
que ahora su cueca valseada resuella como pájaro en cautiverio
desde los notebooks, netbooks, Ipad, Iphone y blackberry’s.
Que vería llegar el golpe, el té con Nixon y la campaña de la
alegría,
aun la esperamos con las banderas de colores:
arcoíris y olla de oro, con duende capitalista incluido.
No importa –decimos desde abajo,
no hemos alcanzado al ecologismo, pero a él le dieron el
Cervantes.
Eso sí:
Hubo que hacer huelga de hambre por los Mapuche en el
intertanto,
Hubo que mirar a los estudiantes levantarse de sus pupitres
como monos porfiados, títeres con cabeza:
2006, 2008, 2011, 2013.
Una y otra vez en su “montaña rusa” con políticos y partidos
vomitando.
El poder ejecutivo echó sangre de narices.
Hubo que soportar el cambio de nombre y la muerte presunta
decretada por su Excelencia.
“Hola, don Nicolás… es lo mismo, pero no es igual.”
Pero nosotros, Tatita Parra, lo seguimos recitando,
en las tomas, las fogatas playeras, los paseos a la Cordillera.
Seguimos invocando “los aromos” un instante antes del beso,
espetamos el “quédate con tu Borges”
y lamemos la tapita de yogur cuando nos quedamos solos.
¿Creerá don Nica que tiene un montón de nietos repartidos por el
mundo?
Todos aspirando a la antipoesía,
como quien se agarra de una bolsa de neoprén.
Aquí hay una que se sueña “perro romántico” y se pregunta por
sus pasos.
Es que ya no me sirve el hombre absurdo, ni la Vaca Sagrada, ni
el Toro Furioso, ni el Pequeño Dios.
¡Es la muerte de los ídolos!
–grita Nietzsche con una pancarta en la mano.
Todos queremos ser imaginarios.
Pascuala Küyen (Chile)
Publicado en Nevando en la Guinea 39
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