sábado, 5 de marzo de 2016

SENDEROS SOBRE EL AGUA


Habla
Mateo

Nos ordenó embarcar sin su presencia,
nos obligó a cruzar el Tiberíades,
el mar que se llamó: de Galilea cuando todas las tierras no eran Roma.
Nos impuso la barca sin su amparo
y marchó a despedirse de los hombres que alimentara el pan multiplicado
cuando Betsaida era una arena roja.
Y se llevó su soledad,
a cuestas,
dispuesto a conciliar cada silencio,
a encender sus plegarias en las rocas.
Nos exigió este riesgo de borrascas,
estas riadas de vientos insurrectos,
este esbozo de fauces nochecidas jadeando sus penumbras rigurosas.
Nos forzó a soportar,
sucios de miedo,
negros pulsos de furia combatiente.
Nos olvidó a la vera del espanto,
a merced de senderos quebrantados,
de espadas derretidas en las olas.
Y,
por si fuera poco,
el semilunio, borracho de pupilas desnucadas, es sólo un espejismo de ceniza,
sólo un círculo breve,
clandestino,
emboscando las nubes sigilosas que reflejan un humo,
como niebla, como un halo inconcluso, como bruma,
como señales leves de una sombra deslizando su pálida silueta, su figura espectral, su imagen ciega,
junto a la curva amarga de la proa.
Alguien hila promesas, gime el otro, reclama, alguno, la atención del Padre;
pero Simón lo llama por su nombre...
y lo exhorta a llevarlo de la mano por esteras de espumas sin memoria.
Recién cuando se hunde, cuando cae bajo el rotundo peso de sus dudas,
nos sucede la cálida indulgencia de esa sonrisa,
grávida de auroras.
Y yo,
Mateo,
cobrador de impuestos,
en mi misión de recaudar palabras,
resuelvo perfilar huella tras huella,
en las membranas secas de las crónicas.

Del libro Crónica de las huellas de NORMA SEGADES
Publicado en Editorial Alebrijes

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