Habla
Natán
La ofendida piedad de la sandalia empuja los tablones,
precipita con su ronca vergüenza despeñada el recluso aletear de las palomas hacia la mansa cáscara de arcilla
que observa,
sorprendida y temerosa,
toda su intolerante rebeldía.
No acepta mercaderes en el Templo porque en esa morada indispensable, en esa transparente geografía,
el Padre ha estipulado la liturgia,
el diálogo nacido en las entrañas de vertientes lejanas y bravías, entre Jehová, "el que es", el de la Alianza
y un pueblo pastoral, al que legara, latitudes de Tierra Prometida...
Y el dinero no importa.
Y las ofertas quiebran recogimientos escondidos,
sofocan el temblor de las plegarias con voces de insistencias infinitas.
Él pronuncia palabras derribadas,
palabras como látigos,
palabras que golpean, que azotan, que flagelan nuestras torpes conciencias malheridas.
Desde la esclavitud de la soberbia, los sumos sacerdotes se marchitan
y ocultan soledades malolientes,
cadáveres de hambrientas predicciones,
fragmentos de indulgencias mercenarias detrás de mascarillas de ceniza.
Enlutados ejércitos de olvidos extinguieron la hoguera, en los zarzales,
les saquearon las claves amarillas del idioma de Dios sobre la tierra
y la nube posada en la colina...
Ya no cae maná desde los cielos,
alguien ha silenciado a los profetas
y... sin la alta columna de su fuego, el mundo es un volcán decapitado, un follaje de lava en agonía.
Trepa un dolor extraño hacia la bóveda girando ante mis ojos aterrados...
y mientras unos gimen su infortunio y ruegan por clemencia o desafían,
yo caigo de rodillas.
Indefenso, descorro los pestillos de las jaulas, libero las ofrendas destinadas
que escapan por los pórticos abiertos hacia el espacio
hostil
del mediodía.
Del libro Crónica de las huellas de NORMA SEGADES
Publicado en Editorial Alebrijes
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