domingo, 3 de enero de 2016

HERMOSO RECUERDO


Sentado frente a la ventana de su apartamento, le gustaba observar con la mirada perdida la infinita línea del horizonte, la acuosa sábana marina que se dibujaba salpicada por las olas y por las gaviotas que temerariamente se precipitaban en busca de sus presas, para en pocos segundos emprender el vuelo con ellas; ese vasto lienzo, espejo de la morada de los dioses olímpicos que habitan en el ancho cielo.

Entonces pensaba en los largos paseos por la orilla, cogidos de la mano, pisando la tierra humedecida, dejando que el agua espumosa muriera a sus pies con una suave caricia, mecidos por el relajante murmullo de la dulce música de esa otra vida. Se detenían al amparo de unas rocas solitarias cuando empezaba a caer la tarde y el mar parecía agonizar con los colores sangrantes del sol poniente. Se liberaban de sus ropas y sus cuerpos desnudos se confundían en la arena. Ahogados es besos y en caricias emprendían la carrera y se metían en el agua; él enredaba los dedos juguetones en el oscuro cabello ondulado de ella, más negro que la noche misma, retozando con los rizos traviesos que caían sobre sus turgentes pechos; se los apartaba suavemente de la cara y clavaba en ella sus penetrantes ojos pardos, una mirada directa al alma. Las pupilas de ambos brillaban intensamente, acaso tanto como el resplandor de la luna, que impúdicamente los observaba, testigo y cómplice del acto pecaminoso de los dos amantes, que les brindaba el escenario oportuno para que saciaran sus libidinosos deseos. Los senos blanquecinos de ella, cual glaucas perlas, emulaban con su belleza al satélite vigilante; él los agarraba y los lamía vorazmente, mientras ella respiraba agitada. Bañados por el cálido mar, sus bocas se unían mientras los brazos rodeaban los cuerpos y bailaban una lasciva danza, ahogados sus gemidos por la cárcel de unos labios sellados. Luego se tendían exhaustos, ella encima de él, intercambiando sonrisas satisfechas tras haber consumado su placer.

Aquello ahora quedaba atrás. Hermoso recuerdo, que permanecía en su memoria como una lacerante herida por la dicha perdida. Creía estar aún viéndola, viendo cómo corría detrás de ella para alcanzarla y conducirla en alto al amoroso lecho. Pero todo era pasado. Ahora divisaba la línea del horizonte desde lejos, y las únicas aguas saladas que probaba eran las que huían raudas por sus párpados enrojecidos por el cruel llanto que manaba de un espíritu flagelado, sangrante como el vino amargo que apuraba lentamente. Habría preferido olvidar, desprenderse de aquellos momentos que se habían grabado en su cerebro a hierro, para dejar de agonizar por los instantes que habían desaparecido, para que cesara la violenta lluvia que se había desatado en su corazón marchito.

JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

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