El espacio mengua. El tiempo lo devora sin remordimientos, sin pausa, como un dios Cronos hambriento de volúmenes y superficies. Crecemos y vamos ocupando esas cuatro dimensiones que, dicen, componen nuestro espacio vital. Conforme nos adentramos en el tiempo nuestros espacios se van comprimiendo, tanto en la realidad como en la memoria, o en la desmemoria. Los recuerdos acrecientan los pasados, pero el presente se encarga de empequeñecerlos y colocarlos encima de una repisa casi etérea y a punto de caer en el olvido. Somos espacio, fundamentalmente, y no existimos más allá del lugar donde pisamos o los recuerdos que somos aún capaces de aprehender y ubicar correctamente.
La vida es una lucha continua, cíclica, entre el tiempo y el espacio: entre el tiempo que hemos vivido (nunca hay tiempo por vivir porque no existe) y el espacio que ocupamos en el instante preciso, que siempre es pasado o futuro, nunca presente. Somos el eterno retorno hecho forma corpórea, porque siempre, queramos o no, nuestros pensamientos están repletos de las vivencias disfrutadas o soportadas. Nos hacemos viejos porque perdemos demasiados recuerdos, o por todo lo contrario: por acumularlos en demasía y no saber aprehenderlos en el momento adecuado.
Lo paradójico es que cuanto más rápido queremos vivir, es decir, queremos ocupar espacios y retener tiempos, más deprisa transcurren ambos, como si el destino, guiado por las sabias pero inmisericordes parcas, compensara la intensidad con lo breve, la dulce sensación del resplandor de la velocidad con las sombras espesas de lo recorrido. El final, previsible, es una oscuridad total donde se confunden, en un mortal y eterno abrazo, el tiempo inexistente y el espacio vacío.
Como digo mucho, o creo que mi memoria retiene, somos lo que somos.
Francisco J. Segovia -Granada-
No hay comentarios:
Publicar un comentario