A mi madre, custodia de la memoria, que guarda el rostro mío como antes era.
Álamos susurrantes, que circundan el fondo
de mi casa paterna,
allá en el claro valle donde pasó mi infancia,
tiempo de gracia plena.
Altísimos custodios de inicial paraíso
en la edad de la magia,
cuando hallaba respuestas a todas mis preguntas
y sosiego a mis ansias
Ay, hilera de frondas, guardiana de memorias,
cuando un gigante tierno
me llevaba en sus hombros seguros y en su mano
se me anclaban los sueños.
Cuando de la cocina con olor a canela,
vainilla y pan caliente,
una madre afanosa, con alas en las manos,
cuidaba de mi suerte.
Árboles melodiosos, testigos del encanto,
guárdenme las vivencias.
Manténganlas intactas, que yo vendré a buscarlas,
hambrienta de certezas.
Que acudiré a la fuente donde beber el soplo
de la que antes era.
Que volveré en hilachas, perdida de mis pasos,
a rescatarme entera.
Hebe Luz Ávila -Argentina-
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