domingo, 6 de diciembre de 2015

TARDES DE INVIERNO


La tarde había vuelto a precipitarse puntual, veloz. A esas tempranas horas ya se habían corrido las cortinas del cielo infinito; el sol se había replegado a sus dominios, perezoso, agotado, en otro corto y melancólico día de invierno. En el firmamento se dibujaban aún tonos ocres y anaranjados, acaso la sangre desbordada de la jornada que agonizante moría, confundidos con un azul pálido, blanquecino, que paulatinamente se apagaba, hasta alcanzar una oscuridad opaca.

Arrodillado en el sofá contemplaba desde la ventana aquel fenómeno de la naturaleza, aquel arcoiris sin lluvia, el paso de la claridad del día a la negritud de la noche, con ese efímero intervalo de la media tarde. El paso de las horas se reflejaba también en el ritmo de las calles; la gente caminaba más pausada, más relajada, sin el entusiasmo de la mañana, acaso con un cierto sentimiento de nostalgia por la muerte de otra jornada. Pudorosos, en el edificio de enfrente habían bajado las persianas para recogerse en la intimidad familiar, a salvo de las miradas ajenas que, como la suya, gustaban de conocer esas vidas para viajar a ese otro mundo desconocido que tanto deseaba descubrir.

A sus doce años pasaba largas horas sentado en aquel sofá cuando regresaba de la escuela o los fines de semana. A su temprana edad ya había conocido ese triste sentimiento que tan a menudo le embargaba, esa congoja que le hacía hundirse en sus pensamientos de joven adolescente y cuestionarse a diario cómo su propia existencia podía estar transcurriendo de esa manera; por qué cuando su viada apenas empezaba a florecer con todas aquellas nuevas sensaciones de su cuerpo, con todas aquellas hormonas que se alteraban en su interior, en lo más profundo de sus entrañas, sentía que se apagaban las luces, que anochecía en su alma; que las hojas de sus días habían envejecido rápidamente y agonizantes caían, amarillentas, enfermas, y perdían la fuerza, secas, marchitas, como su corazón de niño tan prontamente encanecido.

Se apartó de la ventana y prendió la débil luz de una lámpara. Tonos lúgubres que le acompañaban, como el antiguo reloj que había en una de las paredes, siempre detenido en la misma hora. Lo miró durante algunos instantes con aquella expresión de melancolía, mientras se preguntaba en qué minuto había dejado de latir la suya, cuándo la primavera había huido presta y había sumido a su atormentado espíritu en el gélido invierno. Con los ojos perdidos, incrédulo, veía extenderse la niebla, aproximarse el féretro que pronto lo cubriría.

Metió la cabeza debajo de la falda de la mesa camilla para sentir en su rostro el calor que a su cuerpo ya le faltaba. Vio entonces la corona roja de las brasas, el aliento de su vida, y supo que en sus entrañas el fuego ya nunca más ardería.

JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ

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