Te conocí hace tiempo,
era otoño
y caían las hojas.
Un retrato en una calle
de piedra
y una mirada
que se ocultaba
de la plata grisácea
de una atmósfera cargada de lluvia.
Se terminaba de apagar
una luz díscola
que germinaba
en una tiniebla
que llenaba de olvido
cualquier horizonte
donde mirara.
Llamé a tu puerta
y salió el ánima
de algún deseo
que aún anidaba en ti.
Luego me fui,
estaba extenuado
y mi en espejo,
un hombre débil
llamaba a gritos
al estigma que había
huido a algún lugar
remoto,
habitado de interferencias
que daban pie
para llegar al encuentro de un fuego que atrapaba
tu vestimenta veraniega.
Entonces aprendí
del aliento de los sueños,
crecí como un vendaval
desatado
y te nombré llama hermosa
en un poema,
y te pedí cobijo
para explorar junto a ti
la luz futura de las mañanas,
así que dimos un paseo
por los versos
y las estrofas se amoldaron
a tu presencia cercana.
Hoy me has repetido lo dicho que me quieres
y yo he contestado
que te quiero.
Sigo en el meridiano
que se duplica en tu pecho
y tú estás ahí
porque por mi nombre
me llamas,
y me dices amor.
Fernando Novalbos Sánchez
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