Vivir al límite, vivir intensamente; bordear cada día esa fina línea que separa la vida de la muerte; mirar fijamente a la imperturbable anciana, clavar los ojos en sus cuencas vacías. Mirarla de cerca, mirarla de lejos, pero nunca dejar de mirarla; acostumbrarnos a su desgarradora presencia, convivir con ella, no esquivar su gélida cara, como tarde o temprano estará la nuestra, cuando los oscuros nubarrones se extiendan sobre nosotros, se cierren para siempre los párpados y termine nuestra fugaz existencia; cuando quede atrás toda la dicha y nuestro rostro flácido, surcado por numerosas arrugas cual caudalosos ríos, yazga con el cuerpo malherido, sepultado bajo un hondo túmulo de tierra. Rozar la lánguida frontera, atrevernos a traspasarla, siquiera por unos breves segundos, si con ello conseguimos gozar, sentirnos vivos, despertar de nuestro sueño, anestesiados por los temores y las prohibiciones que nos mantienen continuamente dormidos, precediendo la muerte del alma a la del cuerpo, ahogada en medio del camino.
Es por ello que hemos de sentir plenamente, vivir cada instante como si fuera el último, pues acaso lo sea. Cada instante es único, y de instantes está hecha la vida. Debemos disfrutarla con pasión, sin dejar nunca de ser niños, de reír intensamente, de llorar intensamente; de llorar de alegría a mandíbula partida; de llorar de amargura, pero llorarlo todo, a lágrima viva, para vaciar todas las penas y sanar todas las heridas, antes de continuar recorriendo con nuestros pasos el frondoso sendero que nos conduzca al camposanto de lápidas roídas.
Por más que otras voces nos insten a perder la infancia, a emprender la funesta partida, hemos de resistir su impulso y mantenernos firmes, negarnos a estar muertos en vida; pues se equivocan aquéllos que hablan de madurez y aparcan la felicidad de sus primeros días. Antes bien, es imperdonable insensatez sepultar los años de mayor alegría y vivir en medio de la desdicha, esperando que caiga el último grano de arena de nuestro reloj, que se detenga nuestro tiempo que a cada momento huye veloz, cuando las frías tinieblas apaguen con sus raudos vientos nuestra última chispa, la última chispa de lo que un día fue una brava llama, antes de quedar reducida a un ascua tímida. Renunciar a la pasión primera no es acto de valentía, sino, antes bien, de pusilánime cobardía, de quienes no tienen valor para vivir intensamente la vida.
JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ
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