En tu morada, Teresa,
a tu amado hablabas
y en él pensabas
cuando recorrías las veredas.
Era el tuyo, Teresa,
un amor celestial
que alegraba la soledad
de tus noches en la fría celda.
Caminos y caminos
pasar te vieron
mientras tus versos
escribías en un cuadernillo.
Esto te hacía soñar
y en tus sueños vivir
sin vivir en ti
te ayudaba a descansar.
De un amor tan bello
nadie escribió jamás
y en él fuiste a encontrar
una gran paz y un gran sosiego.
Hoy todos conocen tu obra,
Teresa, y gozan con ella
sintiendo que no hay pena
cuando el amor controlas.
JOSÉ LUIS RUBIO
No hay comentarios:
Publicar un comentario