La noche ha acabado de precipitarse hace apenas unas horas; el cielo se ha oscurecido, cubierto por un tupido manto, al tiempo que un aire frío me golpea las mejillas. Mis torpes pasos avanzan por el tenebroso sendero de baldosas rosadas, tan concurrido a la luz del día, prácticamente desierto en estos momentos, cuando se aproxima el ocaso de otra jornada. El silencio que me envuelve me ayuda a recogerme en mí mismo, a sumirme en mis pensamientos, acunado por los gélidos vientos que me acarician. Entonces siento el cuerpo pesado; las piernas me responden perezosas, quejumbrosas, al tiempo que los párpados ceden, a pesar de que aún es temprano para un ave nocturna como yo, un ser acostumbrado a la soledad de las tinieblas como único refugio que me salve de la descorazonadora soledad de mi vida. Una soledad plagada de silencios, para huir de las voces y de los gritos de júbilo que soy incapaz de compartir; para escapar de esas imágenes de gozo que alevosamente me ofrecen las calles indiscretas, acaso como parte de mi condena, la muestra de tantos placeres perdidos, exhibidos en vidas ajenas.
Decido emprender el camino de regreso, angustiado por los estrepitosos fracasos de mi existencia, extenuado por un día marcado por demasiadas emociones adversas; un día en que han aflorado los recuerdos y en que con renovada furia ha regresado el pasado para adueñarse del presente, para recordarme que no cabe en mí la esperanza; que toda ilusión es vana, y que no me queda sino esperar la muerte.
Alzo la mirada hacia el lejano firmamento en busca de un mínimo de consuelo, el guiño cómplice de la luna solitaria que desde lo alto me ilumine con sus pálidos destellos. Pero la luna también se ha marchado; me ha negado su jugoso beso, su tenue luz, su brillante seno, y ha preferido esconderse, permanecer solitaria, antes que compartir su soledad conmigo. Compungido, sigo solitario mi camino, acompañado por mi soledad y por mis amargos recuerdos, unos recuerdos que concurren puntuales para nublar mi rostro, para calcinar mis entrañas, para desatarme el llanto. Un llanto inacabable, inabarcable, incurable, que me desahucia el alma en medio de tan insufribles dolores.
Llego a casa y me dejo caer sobre el lecho tendido boca a bajo, para que las lágrimas fluyan libremente y empapen las sábanas, para ahogar mis lamentos con la almohada, impotente por no poder cambiar mi suerte.
Así es la noche: manifiesta la realidad con toda su crudeza, sin paliativos ni analgésicos. Las nostalgias suben como la fiebre. Y acaso los espíritus errantes no seamos otra cosa que enfermos incurables.
JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ
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