Honda aridez habitaba en mi alma
cuando mis resecos ojos
se encontraron con tu mar
de olas acariciantes y suave calma.
Y de súbito nació la madrugada
eclipsando a la noche cerrada,
llenando el aire de luciérnagas encendidas
que en mi pecho quedaron prendidas.
Fue a partir de aquél entonces
que para mi dibujaste un nuevo mundo
en el que fuiste la copa donde decanté
el vino de mi sentimiento profundo.
Hoy eres árbol de frondoso ramaje
que me cobija de la tempestad,
el sacro altar donde deposito
todo mi corazón ilusionado en tu viaje.
El aire que mi cara acaricia
cuando el calor arrecia,
el pañuelo que seca el sudor
tras hacer el amor sin pudor.
La cálida arena donde deposito mi cuerpo,
ése que ya no es páramo reseco y yerto;
mientras la brisa que emana de tu risa
acaricia cada poro con dulzura y sin prisa.
La musa que mi pluma guía
con paciencia, destreza y armonía,
llenando el aire de versos de ti encantados
que solo ansían llegar a tus oídos deseados…
Isidoro Giménez
No hay comentarios:
Publicar un comentario