El amor no es flor de un día,
es árbol que se reconoce,
lágrimas y hojas caídas.
Las luces de la tarde se conjugan
como un incendio de besos núbiles
que en la noche arden íntimos
y ahuyentan al frío ebrio de soledad.
Este amor sin amo, hace renacer
la mirada de un niño travieso,
que puede morir,
sin saber porqué,
en lo más inmenso de la llanura o el pecado,
donde la eternidad juega con tu piel
de amapola frágil,
con tu ángel sin alas,
con tu sangre errante e ilógica.
Y a pesar de todos los avatares
del tiempo implacable;
si miras dentro de tu corazón,
puede que la semilla del amor,
la que un día sembraste,
sea hoy un árbol gigante.
DIEGO REYES
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