jueves, 24 de diciembre de 2015

DE LA QUE MUEVE EL MAR


Ya no hago punto ni bajo a la playa.
Me dijo. Yo dormía.

A veces
cojo el movimiento del mar pero no sé qué hago con él,
-siguió- es tan espeso
que me surgen batallas,
armas sospechosas que buscan corazones,
cabezas donde alojaron la bala
y su quemazón.

Muchachas forzadas ante los ojos de sus padres.
Mujeres ofrecidas para lo más bajo.
Héroes que combaten con la sed y el sol.
Esclavos y esclavistas.
Rutas.
Cementerios anclados.
Ciudades sumergidas en el horror oscuro de un grito balanceándose.

Charcos de rabia muevo,
cauces donde se acomodaron desperdicios que llamábamos ojos,
extremidades que nos facilitaron la existencia.

Y he empezado a sentir nausea,
pero por qué:
Reúno como en odre las aguas del mar
y hago estanques de los abismos.

El mar es grande, en él cabrá todo,
cabremos todos:
los cierros, los balcones,
las salas amuebladas con los enseres de los anticuarios y las casas de empeño.

Estoy arruinada y en los huesos,
y tengo una sonrisa permanente desde que no recuerdo qué pasó con mis labios.
Busco en la carcoma…, en los pasillos de fuego…
¡Ya los encontraré!
Harán pasarelas sobre los oleajes,
sitios donde asentar la mecedora,
cajones de olvido donde aparezca todo.

Aunque no sé, no sé, quizás reboce el mar y quizás nos escupa.
Quizás no sea posible acomodarse ya en otro espacio
que no sea en el auge de nuestras propias mariposas:
esa devoración
que transforma en ceniza nuestros cuerpos.

Ellos, los lepidópteros, son ya los vencedores de la primera muerte…

No sé.
Ya dormía cuando llegó y se puso a remover el mar,
a reunir en odre sus aguas y hacer estanques de los abismos.

Del libro Las muertas de Rosa Díaz
Publicado en Luz Cultural

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